“Los intereses creados”, por escritora de Glew Mariel Velez

Primer concurso de poesía y cuento “Suburbano 1995” ha sido seleccionado en el género Cuento para integrar la  antología de narradores suburbanos. Se otorga diploma en Buenos Aires,  10/12/1995. (Ediciones BAOBAB) - Registrado en SADAIC.

ManosAgarradas

En mi semi – inconsciencia, tratando de pensar lo más coordinado posible, tendida en el suelo, sin lograr moverme, ni abrir los ojos…

Había cada vez, más voces, un pito, ya sonaba sin cesar, y la sirena, como un gemido estridente, apenas, dándome cuenta que levantaban mi cuerpo, afuera gemía la ambulancia, dentro un monitor, en tomar control, como elemento primordial del equipo.

Debía ser un quirófano, también el sonido, marcando mis pulsaciones más débiles, y, de pronto, el silbido liso… sin interrumpciones, con esa línea blanca en la pantalla…

Con sensación de desprendimiento, me iba elevando, flotaba en un volumen mucho mas reducido, al que estaba habituada a desplazar…

Veía mi cuerpo, debajo de sabanas ensangrentadas, varios hombres y mujeres aplicando la técnica resucitadora, y, cuanto más deseaba regresar, más me alejaba…

De pronto me vi en un túnel, cuyo fondo estaba lleno de luz, deseaba llegar a ese oasis, dispuse atravesarlo…

La obscuridad era tan intensa, pero pude ver a mi suegra, que murió en ese lecho miserable, más de tristeza que de otra cosa. Le había sugerido a Luis, el geriátrico más económico… Una penumbra permitía distinguir el suelo, lleno de excremento, y demás sobrante de cloaca, allí estaba la pitonisa, con encargos para que mi marido nunca gastara en ninguna amante. No importa si la tiene, pero que la trate como a una porquería cualquiera, con la cual se desahoga y basta.

Estaba un poco menos embarrada, mis piernas no obedecían a ningún movimiento, pero yo flotaba…

Apareció mi hijo menor, Norman, irremediablemente abatido, con su síndrome de Down. Los gastos en su atención, deben ser lo menos posible, le dije a mi marido, siempre será un “animalito”.

Venía mi hija con una flor blanca, se le destrozó en la mano…

Del piso arenoso, árido, tomé un taladro, tirabuzón infernal, hiriéndole en el corazón al muchacho que ella quería, cayendo inerte…

Le había prohibido terminantemente esa relación, al punto de decirle que dejaría de ser mi hija, no estábamos dispuestos a mantener a dos zonzos románticos…

Además Perla había “mamado” que sus relaciones deberían ser pudientes, ya que los de inferiores condiciones económicas, siempre están pensando cómo pedirnos algo…

El tirabuzón siniestro, seguía destrozando seres… apareció la mujer con su hijo, que habíamos hecho desalojar bruscamente…

A todos les hacía un hueco muy grande en el pecho, me salpicaba la sangre, pero de cada herida, me aparecían dólares en la mano, sonriendo ante el aumento de la cifra…

De pronto el aparato agiganta su tamaño, y de un solo empuje, emana varios proyectiles hiriendo a una veintena de obreros, que dejamos cesantes… Varias indemnizaciones se eximieron, con la ley de prescindibilidad… Entonces aparecieron muchos más dólares, había lingotes de oro, y yo, sonreía…

Aparece Dante, mi hijo mayor, (recordé las enseñanzas impartidas a él) – Agudos reproches a los “siempre” errores económicos ajenos, y una lamentación constante de las frustraciones  propias. Tácticas que impedían alguna futura petición-. Lo sabía al dedillo…

Estaba con dos estiletes, me quería dar en los ojos… el único de nuestro “estilo” nos va a devorar, le decía a mi marido… los otros dos, fueron una inversión estéril, ya que no heredaban nada de nuestras ambiciones.

Aullaban lobos, la luz era crepuscular, empezaron a rodearme, mordiéndome los miembros, menos mal que no los necesitaba, y mis piernas eran de goma sin dolerme las lastimaduras…

Veía a mis padres, envueltos en telarañas, caras de dolor y aburrimiento, con sed que no saciaban, por no alcanzar jamás ese cántaro colgando, era solo aire al tocarlo…

Lo que más me iba doliendo, era que mi dinero, ahorrado en el extranjero, no iba a poder gozarlo, ni ver las cifras, ni tomarlo entre mis dedos…

Había sido muy mezquina conmigo misma, y con mi marido, no saliendo para economizar, recién cuando fuésemos viejos íbamos a gozar…

Él tenía destreza en gastar “bajo cuerda”, no le gustaba mi estribillo: -¡Mirá!… no empecés!-

El suelo se tornaba seco y sombras de gris oscuro a negro invadían todo a mi alrededor… Como eco resonaban en mi memoria, palabras de la biblia: “Es más fácil que un camello entre por el agujero de una aguja a que un rico entre en el reino de los cielos”.

Y ese párrafo del evangelio, donde un adinerado le pregunta a Cristo, que debía hacer para tener la salvación y Jesús le respondió: “da todas tus cosas a los pobres y sígueme” y él se fue muy triste.

Pocas palabras complejas e inaceptables…

Se me estrujaba el corazón de dolor, decían que el sufrimiento más grande, cuando el alma deja el cuerpo, es no poder  ver a Dios.

Llegaba al fondo del túnel, la luz se hizo brillante, apareció un ser de blanco, con mirada triste, movió la cabeza, me cerró la puerta: No es tu hora…

///

Empecé a oír voces, sin abrir los ojos reconocí a mis hijos… Si hubiera muerto mamá, yo hubiera pedido mi parte – dijo Dante – .

Tenemos una linda casa para vivir – siguió Norman – .

Mamá no va a caminar más – sentenció Perla – y tendrá muchas dificultades al hablar…

Se produjo un silencio al entrar mi marido… Miré primero las paredes sin ningún cuadro, luego Luis que empezó justificando nuestra alteración financiera: Hasta ahora fueron 30 mil dólares, luego sigue la rehabilitación… lo primordial es que vivas, así puedes disfrutar lo ganado… – sabía tranquilizarme-.

Podía reflexionar bastante… me esperaba la vida en una silla de ruedas…

Dante, con su forma de ser, nunca le importó como caían las palabras que soltaba entre sarcasmos: Estuviste un rato muerta mamá…  – y se refregaba las manos-.

¿Cómo te sientes? – equilibraba mi marido – .

Movía la cabeza – no podía coordinar las sílabas-.

Comenzaré a ejercitar generosidad conmigo, siempre procedí como si la mortaja tuviera bolsillos… Luego, ese arte tan exquisito, al ejercitarlo, hay gente que siente gozo: el don supremo de dar…

Me acariciaba Perla y Norman me preguntó con preocupación:

– ¿Cómo estás, mamá?

Le contesté deletreando: Bi-en… Nor-ma-an…

FIN

 

(Cuento registrado en SADAIC)

 

 

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